sábado, 17 de agosto de 2019

LXXIV Los dones de los hombres
















Erase una vez un diminuto planeta,
poblado por miles y miles de criaturas,
que vivían en las noches oscuras,
o en los luminosos días sin ninguna treta,
conviviendo entre ellos en cierta armonía,
hasta que llego un sereno día,
en que una nueva raza aparecía,
de vileza tenía el alma repleta,
y ató a la Tierra con sus ligaduras,
para después continuar con sus conjuras,
acabando con aquel que se entrometa,
civilización, colonización, industrialización,
contaminación, extinción, negación, destrucción,
nuestros dones son de la Tierra su condenación.

viernes, 16 de agosto de 2019

LXXIII El honrado pastor soy yo


Lágrimas no lloradas,
hoy mi alma ha derramado,
caminé por cañadas oscuras,
sin ningún pastor que me guiara,
ni vara ni cayado que me sosegará,
y aunque nada temo a las situaciones duras,
en días como este mi ser ha extrañado,
aquellas tan lejanas jornadas,
en que creía en un poder,
en las que amaba a un ser,
que a fuentes tranquilas me conducía
mis fuerzas yo creía que reparaba,
mientras en verdes praderas me recostaba,
más ahora tan solo tengo una guía,
que por el sendero justo trata de llevarme,
intentando no extraviarme,
ese es mi desamparado corazón,
esa son mi conciencia y mi razón.

miércoles, 7 de agosto de 2019

Joyas literarias XX

A continuación incluyo un quinto fragmento de La Eneída de Virgilio, un poema épico donde se narran las aventuras y desventuras del troyano Eneas desde su huida de su ciudad natal hasta su llegada a Italia y la posterior fundación de la ciudad de Roma, pasando por su trágico romance con Dido, la reina de Cartago, que sería el origen mítico para el antagonismo de ambas ciudades:

"En esto me encuentro con Panto, hijo de Otreo y sacerdote del templo de Febo, que libertado de los dardos enemigos y llevando en sus brazos los ornamentos sagrados, las imágenes de nuestros vencidos dioses y un nietecillo suyo, corría desatentado hacia las puertas de la ciudad.
-¿En qué estado van nuestras cosas, exclamé, oh Panto? ¿Nos queda todavía alguna fortaleza?
A estas palabras replicó, exhalando un gemido: -¡Llegado es ya nuestro último día, llegado es ya el inevitable término de la ciudad dardania! ¡Los Troyanos fuimos, fue Ilión, fue la gran gloria de los Teucros! Fiero Júpiter lo ha transferido todo a Argos; los Dánaos se señorean de nuestra ciudad, incendiada. El colosal caballo, colocado en medio de nuestras murallas, arroja torrentes de guerreros, y Sinón, vencedor e insultante, lleva doquiera el incendio; otros ocupan las puertas, abiertas de par en par, en tan numerosa muchedumbre, cual nunca vino mayor de la poderosa Micenas. Otros cierran con una lluvia de flechas las angostas calles; por todas partes el filo de las espadas y las centelleantes puntas fulminan la muerte; apenas si los primeros centinelas de las puertas prueban a pelear y en medio de las tinieblas resisten en desesperada lid. Arrebatado por estas palabras del hijo de Otreo y por la voluntad de los dioses, me lanzo al incendio y a la pelea, adonde me llaman las tristes Euménides, el crujido de las armas y los clamores que se levantan hasta el cielo. Unense a mí Ripeo y Epito, el más anciano de nuestros guerreros, y guiados por la
claridad de la luna, se nos agregan también Hipanis y Dimante, y el joven Corebo, hijo de Migdon, que por aquellos días acababa de llegar a Troya, abrasado en un inmenso amor a Casandra; considerándose ya como yerno de Príamo, había acudido en auxilio suyo y de los Troyanos. ¡Infeliz, que desoyó los vaticinios de su inspirada amante!... Al verlos aparejados a la lid, les hablé de esta manera: -¡Oh mancebos, corazones fortísimos, pero en vano! Si estáis decididos a seguirme en mi desesperada empresa, ya veis cuál es la situación de nuestras cosas; todos los dioses, por cuyo favor subsistía este imperio, han abandonado sus santuarios y sus altares; vais a acudir en socorro de una ciudad incendiada; muramos, pues, sucumbamos en medio de la pelea. La única salvación para los vencidos es no esperar ninguna.
Con estas palabras inflamé más y más el ánimo de los mancebos. Entonces, como rapaces lobos en negra noche, a quienes hambre horrible arroja rabiosos de sus guaridas, donde los aguardan, secas las fauces, sus abandonados cachorros, por en medio de los dardos y de los enemigos volamos a una muerte segura, dirigiéndonos al centro de la ciudad, rodeados por las tinieblas de la noche. ¡Quién podría narrar dignamente la mortandad y los horrores de aquella noche y ajustar sus lágrimas a tantos desastres! Cayó la antigua ciudad, libre y poderosa por tantos años; por todas partes se ven tendidos cadáveres inertes en las calles, delante de las casas y en los sagrados umbrales de los dioses. Mas no son sólo los Teucros los que derraman su sangre; también a veces renace el valor en el corazón de los vencidos, y sucumben los vencedores Dánaos. Por todas partes lamentos y horror; por todas partes la muerte, bajo innumerables formas.
El primer enemigo que encontramos fue Androgeo, que, acompañado de una muchedumbre de Griegos y creyéndonos de los suyos, nos increpa con estas amistosas palabras: -Daos prisa, compañeros; ¿Cómo os habéis retrasado tanto? ¡Otros están ya saqueando los incendiados palacios de Pérgamo, y vosotros bajáis ahora de las altas naves! 
Dijo; y conociendo al punto, por nuestra ambigua respuesta, que había tropezado con gente enemiga, quedó estupefacto y calló, y retrocedió espantado, semejante al que de improviso pisa una culebra escondida entre ásperos abrojos y de repente retira el pie tembloroso, viendo al reptil alzarse lleno de ira, hinchado el cerúleo cuello; no de otra suerte Androgeo, aterrado al vernos, se disponía a huir. Precipitámonos sobre ellos y los envolvemos con nuestras espadas, haciéndolos sucumbir, validos del terror que los embarga y de su ignorancia del terreno; la fortuna favorece aquella nuestra primera empresa. Alentado Corebo con el triunfo, -¡Oh compañeros!; exclama; sigamos este camino de salvación que por primera vez nos enseña la fortuna, y por el que se nos muestra propicia. Troquemos broqueles y cubrámonos con los arreos de los Griegos; astucia o valor, ¿Qué más da cuando se emplean contra los enemigos? Ellos mismos nos darán armas.
Esto diciendo, cúbrese al punto con el penachudo yelmo de Androgeo, embraza su magnífico escudo y ciñe a su costado la espada argiva; lo mismo hacen Rifeo, el mismo Dimante y toda nuestra entusiasmada juventud, armándose cada cual con algunos recientes despojos. Avanzamos así, mezclados con los Griegos, bajo ajenos auspicios, y trabamos en medio de las tinieblas muchos recios combates, lanzando en ellos al Orco a muchos dánaos. Huyen unos a las naves, buscando un refugio en la playa; otros, con torpe miedo, escalan por segunda vez el monstruoso caballo y se esconden en su conocido seno."

Continuará...

martes, 6 de agosto de 2019

Joyas literarias XIX

A continuación incluyo un cuarto fragmento de La Eneída de Virgilio un poema épico donde se narran las aventuras del troyano Eneas desde su huida de su ciudad natal hasta su llegada a Italia y la posterior fundación de la ciudad de Roma, pasando por su trágico romance con Dido, la reina de Cartago, que sería el origen mítico para el antagonismo de ambas ciudades:

"Consternados con aquel espectáculo, echamos a huir; ellas, sin titubear, se lanzan juntas hacia Laoconte; primero se rodean a los cuerpos de sus dos hijos mancebos y atarazan a dentelladas sus miserables miembros; luego arrebatan al padre, que, armado de un dardo, acudía en su auxilio, y le amarran con grandes ligaduras, y aunque ceñidas ya con dos vueltas sus escamosas espaldas a la mitad de su cuerpo, y con otras dos a su cuello, todavía sobresalen por encima sus cabezas y sus erguidas cervices. El pugna por desatar con ambas manos aquellos nudos, chorreando sangre y negro veneno las vendas de su frente, y eleva a los astros al mismo tiempo horrendos clamores, semejantes al mugido del toro cuando, herido, huye del ara y sacude del cuello la segur asestada con golpe no certero. Luego los dos dragones se escapan, rastreando con dirección al alto templo y alcázar de la cruenta Tritónide, y se esconden bajo los pies y el redondo escudo de la diosa. Nuevas zozobras penetran entonces en nuestros aterrados pechos, y todos se dicen que Laoconte ha merecido su desastre por haber ultrajado la sacra imagen de madera, lanzando contra ella su impía lanza; todos claman también que es preciso llevar al templo la imagen e implorar
el favor de la deidad ofendida. Al punto hacemos una gran brecha en las murallas, abriendo así la ciudad; todos ponen mano a la obra, encajan bajo los pies del caballo ruedas con que se arrastre fácilmente, y le echan al cuello fuertes maromas; así escala nuestros muros la fatal máquina, preñada de guerreros; en torno niños y doncellas van entonando sagrados cánticos, y recreándose a porfía en tocar la cuerda con su mano. Avanza aquella en tanto, y penetra amenazadora hasta el centro de la ciudad. ¡Oh patria, oh Ilión, morada de los dioses! ¡Oh murallas de los Dárdanos, ínclitas en la guerra! Cuatro veces se paró la enemiga máquina en el mismo dintel de la puerta, y cuatro veces se oyó resonar en su vientre un crujido de armas. Avanzamos, no obstante, desatentos y ciegos en nuestro delirio, y colocamos el fatal monstruo en el sagrado alcázar. Entonces también abrió la boca para revelarnos nuestros futuros destinos Casandra, jamás creída de los Troyanos por voluntad de Apolo; y nosotros, infelices, para quienes era aquel el último día, íbamos por la ciudad, ornando con festivas enramadas los templos de los dioses. Gira en tanto el cielo, y la noche se precipita en el Océano, envolviendo en sus dilatadas sombras la tierra y el firmamento y las insidias de los Mirmidones. Esparcidos por la ciudad, quedan en silencio los Troyanos; un profundo letargo se apodera de sus fatigados cuerpos.
Ya la falange de los Argivos se encaminaba desde Ténedos a nuestras conocidas playas en sus bien armadas naves, a favor del silencio y de la protectora luz de la luna, y apenas la real encendió una hoguera en su popa para dar la señal, cuando Sinón, defendido por los hados de los dioses, crueles para nosotros, abre furtivamente a los Griegos encerrados en el vientre del coloso su prisión de madera; devuélvelos al aire libre el ya abierto caballo, y alegres salen del hueco roble, descolgándose por una maroma, los caudillos Tesandro y Esténelo y el cruel Ulises, Acamante, Toas y Neptólemo, nieto de Peleo, y Macaón el primero, y Menelao, y el mismo Epeos, artífice de aquella traidora máquina. Invaden la ciudad, sepultada en el sueño y el vino, matan a los centinelas, abren las puertas, dan entrada a todos sus compañeros, y se unen a las huestes que los esperan para dar el golpe.
Era la hora en que empieza para los dolientes mortales y se difunde por sus cuerpos el primer sopor, dulcísimo don de los dioses, cuando me pareció que veía entre sueños a Héctor en ademán tristísimo, derramando copioso llanto, cual le vi en otro tiempo, arrebatado por un carro de dos caballos manchado de sangre y polvo, arrastrado por los pies, entumecidos con sus ligaduras de correas. ¡Cuál estaba, ay de mí! ¡Cuán distinto de aquel Héctor cuando volvía cubierto con los despojos de Aquiles o después de arrojar las frigias teas a las naves de los Dánaos! Escuálida la barba, cuajados con sangre los cabellos, mostraba aquellas numerosas heridas que recibió en derredor de los patrios muros; entonces me pareció que, llorando yo también, le dirigía el primero estas doloridas palabras:  -¡Oh luz de la ciudad dardania, oh firmísima esperanza de los Teucros! ¿Cómo te tardaste tanto? ¿De qué playas vuelves, ¡oh deseado Héctor! que al fin te vemos, rendidos después de tanta mortandad de los tuyos, después de tantos varios trabajos para la ciudad y sus defensores? Mas ¿cuál indigna causa ha desfigurado tu sereno rostro? ¿Por qué veo en tu cuerpo esas heridas? Nada me responde, ni aun parece atender a mis vanas preguntas; mas exhalando gravemente de lo hondo del pecho un gemido, Huye, ay, ¿oh hijo de una diosa! dice; huye y líbrate de esas llamas. El enemigo ocupa la ciudad. Troya se derrumba desde su alta cumbre. Bastante hemos hecho por la patria y por Príamo; si Pérgamo hubiera podido ser defendido por manos mortales, mi mano la hubiera defendido. Troya te confía sus númenes y penates, toma contigo esos compañeros de sus futuros hados, y busca para ellos nuevas murallas, que fundarás, grandes por fin, después de andar errante mucho tiempo por los mares. Dice, y él mismo con sus manos se lleva la poderosa Vesta y las ínfulas y el eterno fuego que arde en el profundo santuario.
Resuenan en tanto por la ciudad confusos y tristes lamentos, y aunque la morada de mi padre Anquises estaba en lugar retirado y cubierta de árboles, cada vez las voces iban llegando a ella más penetrantes y se oía mejor el horroroso estrépito de las armas. Despiértome sobresaltado, y subiendo al punto a la más alta azotea, me pongo a escuchar con profunda atención, no de otra suerte cuando la llama, impelida por el furioso austro, se precipita sobre las mieses, o cuando un torrente acrecido con los raudales que bajan de los montes arrasa los campos, arrasa los lozanos sembrados, y arrebata el trabajo de los bueyes y las desgajadas selvas, aturdido el pastor escucha el impensado estrago desde la alta cima de un peñasco. Entonces conocí la traición de que éramos víctimas, y vi patente la perfidia de los Dánaos. Ya se había derrumbado a impulso de las llamas el gran palacio de Deífobo; ya estaba ardiendo también el inmediato de Ucalegonte; los dilatados mares de Sigeo se iluminan con los resplandores del incendio. Óyense los clamores de los guerreros y el sonido de las trompetas. Fuera de mi, empuño mis armas, mas de poco sirven ya las armas; mi único pensamiento es volar a la lid y acudir con mis compañeros a la defensa del alcázar; el furor y la ira me arrebatan; sólo anhelo alcanzar, peleando, una honrosa muerte. "
Continuará...

jueves, 1 de agosto de 2019

LXXII El viaje de la vida












Sentado en la estación,
veo el tren de mi vida,
mi alma a veces dolida,
mi casi constante dedicación,
a mi loca pero amada pasión,
veo gente que llega y es recibida,
veo gente que se va y es despedida,
extraña es esa sensación,
que te deja alguna gente,
al por tu vida simplemente pasar,
que te trae el pasado al presente,
que te mueve a tu tiempo dedicar,
a alguien más que a ti simplemente,
y así este tren va hasta su destino llegar,

miércoles, 31 de julio de 2019

LXXI Blues de la humanidad












Reyes del delirio viven entre la superfluidad,
mientras otros apenas viven del malvivir,
mientras otros se contentan con sobrevivir,
incompresible es para mi esta disparidad,
en un mundo donde el tener está limitado,
unos se permiten el tirar su lujo sobrante,
otros con eso de su día habrían disfrutado.

Sería imposible el poder concebir,
una raza con tal clase de absurda maldad,
debiendo y pudiendo cultivar la solidaridad,
más es mas que vano el insistir,
a una especie tan estúpida como arrogante,
que de su prójimo jamas se ha preocupado,
contemplando sus males con ánimo distante.

sábado, 27 de julio de 2019

Joyas literarias XVIII

A continuación incluyo un tercer fragmento de La Eneída de Virgilio un poema épico donde se narran las aventuras del troyano Eneas desde su huida de su ciudad natal hasta su llegada a Italia y la posterior fundación de la ciudad de Roma, pasando por su trágico romance con Dido, la reina de Cartago, que sería el origen mítico para la enemistad de ambas ciudades:

"Grandemente compadecidos de sus lágrimas, le concedemos la vida; el mismo Príamo manda el primero que le quiten las esposas y los apretados cordeles, y le dirige estas amistosas palabras: "Quien quiera que seas, olvídate ya de los Griegos, ausentes de aquí para siempre; serás uno de los nuestros; pero responde la verdad, te ruego, a lo que voy a preguntarte. ¿Con qué objeto construyeron los Griegos la enorme mole de ese caballo? ¿Quién lo construyó? ¿A qué lo destinaban? ¿Era un voto religioso, o una máquina de guerra?" Dijo; y Sinón, amaestrado en los engaños y artificios de los Griegos, exclamó levantando al cielo las manos, libres ya de sus prisiones: "¡Oh eternos fuegos y oh númenes inviolables a que están consagrados! ¡Oh altares y nefandos cuchillos a que logré sustraerme! ¡Oh ínfulas de los dioses, que ya ceñían mi frente, destinada al sacrificio, sed testigos de la verdad de mis palabras! Séame lícito romper los sagrados vínculos que me unían a los Griegos, séame lícito detestarlos y divulgar sus ocultas tramas; ninguna obligación me liga ya a la patria; mas tú ¡oh Rey! Cúmpleme lo prometido, y tú ¡oh Troya, libertada por mí! guárdame tu fe si digo verdad, si logro recompensar tan gran beneficio.
Toda la esperanza de los Dánaos, y su confianza en la emprendida guerra, estribaron siempre en los auxilios de Palas; pero desde que el impío hijo de Tideo y Ulises, inventor de maldades, acometieron sustraer del sacro templo el fatal Paladión, después de haber dado muerte a los guardias del sumo alcázar, y arrebataron a la sacra efigie, y con ensangrentadas manos osaron tocar las virginales ínfulas de la deidad, empezaron a decaer y se desvanecieron aquellas esperanzas, y se quebrantaron sus fuerzas, apartada ya de ellos la protección de la diosa. Pronto dio Tritonia manifiestas y horribles señales de su cólera; apenas se colocó su estatua en el campamento, ardieron rechinantes llamas en sus ojos, clavados en nosotros, y por todos sus miembros corrió un sudor salado, y tres
veces ¡oh prodigio! se levantó por sí sola del suelo, blandiendo el broquel y la trémula lanza. Al punto Calcas anuncia que es preciso cruzar los mares y huir, pues Pérgamo no puede ser debelado por las armas argólicas, si no vuelven a Argos a renovar sus votos, y de nuevo se llevan al numen que trajeron consigo por el mar en sus huecas naves. Y ahora que, impelidos por el viento, han llegado al patrio suelo de Micenas, aprestan sus armas y solicitan el favor de los dioses para volver de improviso surcando nuevamente el mar; así interpretó Calcas la voluntad de los númenes. Persuadidos de sus palabras, labraron esa efigie para reemplazar el Paladión, desagravio de la diosa ultrajada y como expiación de su nefando sacrilegio; Calcas les mandó erigir con trabados maderos esa inmensa mole y elevarla hasta el cielo, para que no pudiese caber por las puertas ni penetrar dentro de las murallas de vuestra ciudad, ni cobijar a vuestro pueblo, seguro bajo el amparo de un antiguo culto. Porque, si vuestras manos, dijo, violan los dones de Minerva, un inmenso desastre (¡antes conviertan los dioses contra él su funesto presagio!) caerá sobre el imperio de Príamo y sobre los Troyanos; mas si levantado por ellas ese inmenso simulacro, llega a penetrar en vuestra ciudad, el Asia será la que a favor de una gran guerra dominará el Peloponeso; destino fatal, reservado a nuestros descendientes.
¡Con tales insidias y con el perjuro artificio de Sinón, creímoslo todo, y así fueron vencidos con engaños y fingidas lágrimas aquellos a quienes no pudieron domar ni el hijo de Tideo, ni Aquiles de Larisa, ni diez años de combates, ni mil bajeles!
Sobreviene en esto de pronto un nuevo y terrible accidente, que acaba de conturbar los desprevenidos ánimos. Laoconte, designado por la suerte para sacerdote de Neptuno, estaba inmolando en aquel solemne día un corpulento toro en los altares, cuando he aquí que desde la isla de Ténedos se precipitan en el mar dos serpientes (¡de recordarlo me horrorizo!), y extendiendo por las serenas aguas sus inmensas roscas, se dirigen juntas a la playa; sus erguidos pechos y sangrientas crestas sobresalen por encima de las ondas; el resto de su cuerpo se arrastra por el piélago, encrespando sus inmensos lomos, hácese en el espumoso mar un grande estruendo; ya eran llegadas a tierra; inyectados de sangre y fuego los encendidos ojos, esgrimían en las silbadoras fauces las vibrantes lenguas."
Continuará...