martes, 18 de junio de 2019

LXV Sueños y sombras












Escucha la voz de tu corazón, 
escucha también la de tu razón,
para que con la imaginación,
puedas volar con toda pasión,
mientras que con los pies aprendes a andar,
y así por la vida caminar,
hacía ese destino que solo puedes soñar,
pues por los sueños debemos luchar,
Más no vivir en ellos,
por más que sean bellos,
sino que traerlos a esta tierra de realidades,
acabando con las mundanas fealdades,
rompe con tu voluntad todos los sellos,
que erróneamente separan tu dos mitades.

lunes, 17 de junio de 2019

Joyas literarias XII

A continuación incluyo un último fragmento de La Odisea de Homero donde se narra el encuentro del terrible Cíclope con Odiseo (Ulises para los romanos),  rápido en ardides (mañas, trampas, artificios o destrezas mentales), el cual es uno de mis primeros héroes de ficción y aún uno de mis héroes favoritos: 

"El cíclope gemía, se retorcía de dolor y palpando con las manos retiró la piedra de la cueva. Se sentó en la entrada, las manos extendidas, por si pillaba a alguien saliendo entre las ovejas. ¡Tan insensato pensaba que era yo! Entonces me puse a meditar cómo saldrían mejor las cosas. ¡Si encontrara el medio de liberar a mis compañeros y a mí mismo de la muerte! Y entretejí toda clase de engaños y planes, ya que se trataba de mi propia vida.  Puesto que un gran mal estaba cercano, esta me pareció la mejor decisión: los carneros estaban bien alimentados, con densos vellones, hermosos y grandes, y tenían una lana color violeta. Conque los até en silencio, juntándolos de tres en tres, con mimbres bien trenzados sobre los que dormía el cíclope, el monstruo de pensamientos impíos; el carnero del medio llevaba a un hombre, y los otros dos marchaban a cada lado, ocultando a mis compañeros. Tres carneros llevaban a cada hombre. Entonces yo, viendo que había un carnero, el mejor con mucho de todo su rebaño, me apoderé de este por el lomo y me coloqué bajo su velludo vientre hecho un ovillo y me mantenía con ánimo paciente agarrado con mis manos a su divino vellón.
Así aguardamos anhelantes a Eos divina y cuando se mostró la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, el cíclope sacó a pastar a los machos de su ganado y las hembras balaban por los corrales, pues sus ubres rebosaban de espumosa leche sin ordeñar. Su dueño, abatido por funestos dolores, tentaba el lomo de todos sus carneros que se mantenían rectos. El necio no se daba cuenta de que mis compañeros estaban sujetos bajo el pecho de los lanudos animales. El último en salir fue el carnero guía del rebaño cargado con su lana y conmigo que pensaba muchas cosas.
El poderoso Polifemo lo palpó y se dirigió a él: -Carnero amigo, ¿por qué sales de la cueva, el último del rebaño? Antes jamás marchabas detrás de las ovejas, sino que, a grandes pasos, eras el primero en pastar las tiernas flores del prado y llegabas el primero a las corrientes de los ríos y el primero que deseaba volver al establo por la tarde. Ahora, en cambio, eres el último de todos. Sin duda echas de menos el ojo de tu soberano, el que me ha cegado un hombre malvado, Nadie, con la ayuda de sus miserables compañeros, sujetando mi mente con vino quien todavía, te lo aseguro, no ha escapado de la muerte. ¡Ojalá tuvieras sentimientos iguales a los míos y estuvieras dotado de voz para decirme dónde se ha escondido aquel huyendo de mi furia! Pronto su cabeza, molida por mis golpes reventaría contra el suelo de la cueva y mi corazón se repondría de los males que me ha causado el vil Nadie.
Así diciendo alejó de sí al carnero. Y cuando llegamos un poco lejos de la cueva y del corral, yo me desaté del carnero y liberé a mis compañeros. Entonces arreamos rápido el abundante gordo ganado de finas patas y lo condujimos hasta llegar a la nave."

sábado, 15 de junio de 2019

LXIV Amando amarte

Así como la oruga con ser mariposa,
o la flor con ser hermosa,
mi pecho en el que tu cabeza reposa,
sueña con tu risa bulliciosa,
con el tacto de tu mano por mi mejilla ociosa,
que mi boca besarla ahora osa,
pues alimentada por tu mirada amorosa,
mi esperanza se vuelve gozosa,
me susurras entonces melosa,
palabras que huelen a rosa,
una petición sin duda fantasiosa,
mientras sobre mi te mueves sinuosa,
reanudando de nuevo nuestra cosa,
esa pasión calurosa pero de amor generosa.

jueves, 13 de junio de 2019

Joyas literarias XI

A continuación incluyo un cuarto fragmento de La Odisea de Homero donde se narra el encuentro del terrible Cíclope con Odiseo (Ulises para los romanos), el cual es uno de mis primeros héroes de ficción y aún uno de mis héroes favoritos, pues su gran virtud no era una gran fuerza, valor o coraje, sino su astucia, su inteligencia: 

"Así hablé, y él la tomó, bebió y gozó con grata sorpresa del dulce vino. Y me pidió más: -Dame más de buen grado y dime ya tu nombre para que te ofrezca el don de hospitalidad con el que te vas a alegrar. Pues también la donadora de vida, la Tierra, produce para los cíclopes vino de grandes uvas y la lluvia de Zeus las hace crecer. Pero esto es una catarata de ambrosía y néctar.
Así habló, y yo le ofrecí de nuevo rojo vino. Tres veces se lo llevé y tres veces bebió sin medida. Después, cuando el rojo vino había invadido la mente del cíclope, me dirigí a él con dulces palabras: -Cíclope, ¿Me preguntas mi célebre nombre? Te te lo voy a decir, mas dame tú el don de hospitalidad como me has prometido. Nadie es mi nombre, y Nadie me llaman mi madre y mi padre y todos mis compañeros.
Así hablé, y él me contestó con corazón cruel: -A Nadie me lo comeré último entre sus compañeros y a los otros antes. Este será tu don de hospitalidad.
Dijo, se tiró hacia atrás y cayó boca arriba. Estaba tumbado con su robusto cuello inclinado a un lado y de su garganta saltaba vino y trozos de carne humana y eructaba por estar cargado de vino.
Entonces arrimé la estaca bajo el abundante rescoldo para que se calentara y comencé a animar con mi palabra a todos los compañeros, no fuera que alguno se me escapara por miedo. Y cuando la estaca estaba a punto de arder en el fuego, verde como estaba, y resplandecía terriblemente, me acerqué y la saqué de las llamas, y mis compañeros me rodearon, pues sin duda un dios les infundía gran valor. Tomaron la aguda estaca de olivo y se la clavaron en el ojo, y yo hacía fuerza desde arriba y le daba vueltas. Como cuando un hombre taladra con un trépano la madera destinada a un navío, otros abajo la atan a ambos lados con una correa y la madera gira continua, incesantemente; así hacíamos dar vueltas, bien asida,  la estaca de punta de fuego en el ojo del cíclope y la sangre corría por ella caliente. La estaca ardiente le quemó los párpados, las cejas y las pupilas cuyas raíces crepitaban por el fuego. Como cuando un herrero sumerge una gran hacha o una garlopa en agua fría para templarla y esta resuena con gran estrépìto, pues este es el poder del hierro, así resonaba el ojo del cíclope en torno a la estaca de olivo. Lanzó un gemido grande y horroroso, la piedra retumbó en torno y nosotros huimos aterrorizados.
Entonces se extrajo del ojo la estaca empapada en sangre y, enloquecido, la arrojó de sí con las manos. Y al punto se puso a llamar a grandes voces a los cíclopes que habitaban a su alrededor, en cuevas, por las ventiscosas cumbres. Al oír estos sus gritos, venían cada uno de un sitio y se colocaron alrededor de su cueva y le preguntaron qué le afligía: -¿Qué dolor tan grande sufres, Polifemo, para gritar de esa manera en la noche inmortal y hacernos abandonar el sueño? ¿Es que alguno de los mortales se lleva tus rebaños contra tu voluntad o te está matando alguien con engaño o con sus fuerzas?
Y les contestó desde la cueva el poderoso Polifemo: -Amigos, Nadie me mata con engaño y no con sus propias fuerzas.
Y ellos le contestaron y le dijeron aladas palabras: -Pues si nadie te ataca y estás solo, no puedes escapar de la enfermedad que te envía el gran Zeus, pero al menos suplica a tu padre Poseidón, el soberano.
Así dijeron, y se marcharon. Y mi corazón rompió a reír: ¡cómo los había engañado mi nombre y mi astucia irreprochable!"
(Continuará...)

miércoles, 12 de junio de 2019

LXIII Pequeñas aventuras sin desventuras

En mis viajes la felicidad hallo,
que en mis días cotidianos callo,
no porque infelicidad del diario obtengo,
pero es más calmada la que entonces retengo,
en cambio cuando lugares desconocidos visito,
aprendo lo que no sé ni aún gracias al libro más erudito,
disfruto de sus lugares, sus gentes, gastronomía,
y descubro una cultura que no es la mía,
pues el viajar no es tan solo moverse,
es también en el alma crecerse,
pues viajar no es tan solo ir rápido o despacio,
a través del espacio,
viajar es moverse más allá del tiempo,
para ver las edades de un lugar sin contratiempo.

martes, 11 de junio de 2019

Joyas literarias X

A continuación incluyo un tercer fragmento de La Odisea de Homero donde se narra el encuentro del Cíclope con Odiseo (Ulises para los romanos), el cual es uno de mis primeros héroes de ficción y aún uno de mis héroes favoritos, pues su gran virtud no era una gran fuerza, valor o coraje, sino su astucia, su inteligencia: 

"Cuando el cíclope hubo llenado su enorme vientre de carne humana y leche no mezclada, se tumbó dentro de la cueva, tendiéndose entre los rebaños. Entonces yo tomé la decisión en mi magnánimo corazón de acercarme a él, sacar la aguda espada que colgaba en mi muslo y atravesarle el pecho por donde el diafragma contiene el hígado y la tenté con mi mano. Pero me contuvo otra decisión, pues allí hubiéramos perecido también nosotros con muerte cruel: no habríamos sido capaces de retirar de la elevada entrada la piedra que había colocado. Así que llorando esperamos a Eos divina.
Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana, la de dedos de rosa, el cíclope se puso a encender fuego y a ordeñar sus bien alimentados rebaños, todo como debe hacerse, y bajo cada oveja colocó un corderito. Luego que hubo realizado sus trabajos, agarró a dos de los míos  a la vez y se los preparó como desayuno. Y cuando hubo desayunado, condujo fuera de la cueva a sus gordos rebaños retirando con facilidad la gran piedra de la entrada y la volvió a poner como si colocara la tapa a una aljaba. Mientras el cíclope encaminaba con gran estrépito sus rebaños hacia el monte, yo me quedé meditando males en lo profundo de mi pecho:- ¡Si pudiera vengarme y Atenea me concediera lo que le suplico...!
Y esta fue la decisión que me pareció mejor. Junto al establo yacía el enorme garrote del cíclope, verde, de olivo; lo había cortado para llevarlo cuando estuviera seco. Al mirarlo, lo comparábamos con el mástil de una negra nave de veinte bancos de remeros, de una amplia nave de transporte, de las que recorren el negro abismo: así era su longitud, así era su anchura al mirarlo. Me acerqué y corté de él una estaca como una braza, la coloqué junto a mis compañeros y les ordené que la afilaran. Estos la alisaron y luego me acerqué yo, le agucé el extremo y después la puse al fuego para endurecerla. La oculté bien, cubriéndola bajo el estiércol que estaba extendido en abundancia por la cueva. Después ordené que sortearan quién se atrevería a levantar la estaca conmigo y a retorcerla en el ojo del cíclope cuando le llegara el dulce sueño. Eligieron entre ellos a cuatro, a los que yo mismo habría deseado escoger y yo me conté entre ellos como quinto. Llegó el cíclope por la tarde, conduciendo sus ganados de hermosos vellones e introdujo en la amplia cueva a sus gordos rebaños, a todos, y no dejó nada fuera del profundo establo, ya porque sospechara algo o porque un dios así se lo aconsejó. Después colocó la gran piedra que hacía de puerta, levantándola muy alta, y se sentó a ordeñar las ovejas y las baladoras cabras, todas por orden, y bajo cada una colocó a su hijito. Luego que hubo realizado sus trabajos agarró a dos compañeros a la vez y se los preparó como cena. Entonces me acerqué y le dije al cíclope sosteniendo entre mis manos una copa de negro vino: -Aquí, cíclope! Bebe vino después de comer carne humana, para que veas qué bebida escondía nuestra nave. Te lo he traído como libación, por si te compadecieras de mí y me enviaras a casa, pues estás enfurecido de forma ya intolerable. ¡Cruel!, ¿Cómo va a llegarse a ti en adelante ninguno de los numerosos hombres? Pues no has obrado como corresponde."
(Continuará...)

miércoles, 5 de junio de 2019

LXII La estación Liverpool 1

Erase una vez el horror fue desatado,
en este hermosamente esférico lugar,
al que llamamos nuestro hogar,
no era la primera vez que el mal fue liberado,
pues el corazón humano de tinieblas está formado,
así que de nuevo un terror que de verlo hacía llorar,
fue entonces de su prisión liberado,
parecía que nadie lo podía parar,
más pequeñas luces comenzaron a surgir,
estaciones cuya esperanza era el destino,
de corazones que en paz querían vivir,
ayudados por el buen vecino,
que no podía a su prójimo ver sufrir,
y en vez de no hacer, intervino.


1 En el período previo a la Segunda Guerra Mundial, en concreto a fines de la década de 1930, la estación Liverpool sirvió como punto de entrada para miles de niños judíos refugiados que llegaron a Londres como parte de la misión de rescate Kindertransport.